Acabamos
de contemplar la puesta de sol frente a la esfinge en Giza tomando un shai con
menta en la terraza de un café.
El desierto se tiñe de rojo al
confundirse con el cielo. El sol se tomara su tiempo, pasará por debajo
del Nilo y renacerá por el este.
Es la hora de abandonar el recinto
que acoge las grandes pirámides. La policía está controlando
el lugar. Somos los últimos y con grandes voces y notablemente enfadados
nos conminan a abandonar el lugar. El oficial, armado con su kalasnikov reglamentario
se dirige e Mahmoud recriminándole nuestra tardanza. La reacción
de este es colocar el dedo índice de su mano derecha sobre su propia mejilla,
como cuando aquí en occidente le pedimos un beso al hijo pequeño
de un amigo. El policía no lo duda un momento. Le da dos besos en la cara
a nuestro guía y se abrazan con una gran sonrisa. Todo solucionado.
¿Os
imagináis algo parecido en Boston, Paris o Madrid?.
José
Ignacio
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